
La Mayólica del Destino
La Mayólica del Destino
Si antes respetaba la labor bomberil —es decir, la sacrificada labor de un bombero— hoy, con mucha más razón debo reconocer que, además de su abnegada labor de rescate, intervención en desastres y extinción de incendios, deben poseer una admirable capacidad física y mental para trabajar bajo presión, una paciencia franciscana y, posiblemente, algún entrenamiento secreto en tolerancia avanzada al absurdo humano.
Lo que hace que no solo los reconozca, sino que los admire con absoluta sinceridad.
¿Por qué?
Simple y sencillo.
Muy a pesar mío —y sin animosidad negativa— confieso que he
tenido uno de esos días en los que el entorno parece empoderarse para hacernos
sentir que la vida es un chiste escrito por alguien que olvidó el primer
concepto elemental del humor:
"narración breve, oral o escrita, de carácter ficticio y humorístico, destinada
a provocar risa en la audiencia".
Porque, siendo honestos, los acontecimientos a los que me voy a referir no tienen demasiada gracia… aunque sí poseen un nivel de absurdo tan elevado que merecen ser documentados antes de que algún sociólogo extranjero crea que estamos exagerando.
Eso sí, sin mencionar nombres ni lugares específicos; aunque confieso que lucho heroicamente contra la tentación de hacerlo.
Son las 07:50 de la mañana.
Me había desvelado hasta casi las 03:00 a.m. y deseaba, como cualquier ser humano decente un sábado cualquiera, disfrutar unos minutos más de descanso; sobre todo porque mi experiencia onírica me había transportado a una especie de paraíso natural junto a mí amada esposa.
Entonces ocurrió.
La alarma de mi vehículo empezó a sonar estrepitosamente segundos antes de un "PUM" bastante sonoro que nos hizo salir corriendo creyendo que era nuevamente el gato del vecino —ese mismo gato del demonio con complejo de acróbata olímpico— haciendo turismo extremo sobre los techos.
Después de revisar las cámaras descubrimos que no había sido el "gatito", sino un par de mayólicas desprendiéndose violentamente de una jardinera del piso superior. (3er. Piso)
Bajé el video y se lo envié al vecino manteniendo un diálogo sorprendentemente civilizado para las circunstancias:
—Estimado, adjunto videos de unas Mayólica de tu jardinera que han caído sobre mi camioneta. Sería conveniente revisar y asegurar que esto no vuelva a suceder.
—Yo he salido temprano y no he visto nada estimado, no creo que haya pasado nada de eso.
La clásica evasión preventiva. ¿Les parece familiar?
—Sí —respondí—. También te vi salir con tu pantalón corto de todos los días; eso fue después. Por eso adjunté cuatro fotos y dos videos.
—Ahhh… sí puesssss… cuando regrese revisaré. Le diré a mi esposa que vea el tema. Disculpe los inconvenientes.
Una hora después salió la esposa con su cochecito de mercado; se detuvo en la puerta, miró cuidadosamente hacia arriba, evitó con admirable precisión visual mirar la camioneta y emprendió una retirada táctica por el flanco izquierdo, como alma que lleva el diablo.
Más claro imposible.
A todo esto, reenvié nuevamente el video, esta vez con mejor audio e imagen, únicamente como recordatorio visual de la existencia de la gravedad.
De aquello ya pasaron varias horas y es como si la tierra se los hubiera tragado.
Como si fuera poco, más tarde salí a caminar para relajarme luego de este "evento crítico" y apenas crucé la puerta descubrí que por toda la pista corría una franja de agua marrón clara de aproximadamente cincuenta centímetros de ancho.
Apelo respetuosamente a vuestra imaginación para evitar detalles menos agradables.
Y sí… era exactamente lo que ustedes están imaginando.
Seguí el rastro del origen y, unas quince residencias más allá, encontré en plena vía pública una especie de "iceberg asqueroso" desbordando no solo nuestra calle, sino varias avenidas aledañas. Había un forado considerable y, por el nivel del aniego, aquello llevaba horas.
Varias personas observaban el espectáculo desde sus puertas con comentarios profundamente analíticos como:
— ¿Y de dónde será?
— ¿Será de la avenida principal?
— ¡Alguien debería ir a ver!
— ¡Qué barbaridad, nadie hace nada!
Aunque no lo crean, seguí avanzando sin prestar demasiada atención porque ya intuía perfectamente el desenlace de la historia.
Para resumir el episodio: regresé a casa, llamé a Sedapal y empezó el verdadero examen nacional de admisión burocrática.
Me pidieron:
- mis datos,
- mi número de suministro,
- mi documento de identidad,
- mi
celular,
y un poco más me solicitan análisis de sangre, resonancia magnética o examen de próstata. Felizmente esto último no ocurrió.
Finalmente aceptaron venir.
Llegaron… y se fueron inmediatamente porque habían olvidado sus herramientas.
Dos horas después regresaron, solucionaron el problema, cortaron el suministro del dueño de una vivienda ubicada a unos quinientos metros y desaparecieron nuevamente en el horizonte burocrático nacional.
Todo esto lo supe después gracias a un conocido que leyó el informe técnico, porque cuando solicité información por los canales normales me la negaron indicando que era "confidencial".
Confidencial.
Lo cual me impresionó profundamente porque por un momento creí estar tratando con la CIA, la DEA, la Interpol o alguna división secreta de la Dirincri especializada en fugas hidráulicas de alto riesgo internacional.
Ya no insistí.
Pero para este punto del día, entre gestiones, llamadas, seguimientos y daños colaterales, yo ya me encontraba completamente agotado, en permanente estado de alerta y consumido por la hiperactividad; todo por haberme negado a permanecer unos minutos más en aquel hermoso paraíso natural de mi experiencia onírica.
Y fue entonces cuando comprendí algo mucho más preocupante que las propias Mayólica.
Porque quizás el verdadero problema de nuestra querida, famosa, siempre bien ponderada, bellísima pero traída a menos república "casi democrática" del Perú no sea únicamente la informalidad, la improvisación o el caos folclórico que ya parecen parte del paisaje nacional.
El problema real podría ser otro:
la progresiva normalización de conductas donde la soberbia, la agresividad, la
evasión de responsabilidad y el desprecio hacia el derecho ajeno empiezan
peligrosamente a confundirse con fortaleza, carácter o incluso "estatus".
Acá no se vive por reglas.
¡No señor!
Acá las reglas son apenas sugerencias decorativas.
El semáforo rojo significa:
"si deseas te detienes… pero si no deseas, tampoco pasa nada".
El ámbar ni siquiera merece discusión; ese directamente se ignora.
Las normas de convivencia, ética y responsabilidad suelen tener exactamente el mismo peso que el semáforo rojo.
La puntualidad es considerada una exageración neurótica.
La excelencia en el servicio parece una leyenda urbana.
Y la autocrítica es tratada como si fuese una enfermedad contagiosa.
Acá el empleado del mes es el que recibió la capacitación intensiva de un minuto:
— ¿Sabes freír papas?
—Sí.
— ¿Sabes pelar cebolla?
—Sí.
—Perfecto.
Le colocan un sombrerito, un
mandil y automáticamente queda certificado como:
"Especialista gastronómico senior y empleado del mes".
Y si alguien reclama por la demora de cuarenta minutos, todavía recibe la clásica respuesta filosófica nacional:
—Pero si te dije "ma o meno" a las siete…
Claro.
Como no es su tiempo ni su espera.
Por eso muchos turistas regresan convencidos de que los ciudadanos peruanos son "muy adelantados", mientras que quienes respetan horarios, normas y principios básicos de convivencia poseen algún tipo de "limitación enfermiza".
¿Pueden creerlo?
Y sin embargo, detrás del humor existe algo mucho más serio.
Porque debemos reconocer que existen seres humanos —sin importar género, posición o condición social— que desarrollan curiosas fantasías de superioridad como mecanismo de compensación emocional; una especie de falso ego donde la necesidad de aparentar poder, importancia o estatus termina reemplazando cualidades mucho más difíciles de construir, como la educación, la empatía, la autocrítica o el verdadero refinamiento humano.
Y cuando eso ocurre, la supuesta superioridad suele degradarse rápidamente en arrogancia vulgar, agresividad innecesaria, desprecio hacia los demás y una peligrosa incapacidad para reconocer límites o responsabilidades.
No lo digo únicamente yo.
Diversos
especialistas han estudiado ampliamente estas conductas vinculadas a la
soberbia compensatoria y la arrogancia defensiva, donde la apariencia de
superioridad muchas veces oculta profundas inseguridades personales.
Área Humana – La soberbia o arrogancia
Y quizás ahí radique parte del deterioro silencioso que
muchas sociedades empiezan a experimentar:
cuando la agresividad deja de avergonzar,
cuando la amenaza empieza a normalizarse,
cuando el respeto mutuo se considera debilidad,
y cuando el derecho ajeno pasa a ser percibido como un obstáculo incómodo para
los impulsos personales.
Porque la historia todavía no terminaba.
Días después nos cruzamos nuevamente con la esposa del vecino involucrado en el incidente de las Mayólicas.
La "dama" respondió simplemente:
—Mi esposo ya sabe.
Y volvió a retirarse rápidamente, aunque esta vez por el "flanco derecho", - dejándonos hablando solos - con una actitud de visible incomodidad y superioridad, como si nuestra sola existencia representara una molestia administrativa innecesaria.
Lo peor ocurrió al día siguiente.
Trajeron a una persona para evaluar el estado de las Mayólicas —o mayólicas de la jardinera—, por lo que retiré mi camioneta y permití el acceso para facilitar la inspección.
A los pocos minutos descendió nuevamente la "dama" —perdón
la minúscula— y empezó una agresión verbal absolutamente innecesaria:
- Insultos,
- Descalificaciones,
- Y finalmente amenazas de distinta índole.
Como no obtuvo de mi parte la reacción que aparentemente esperaba, terminó retirándose luego de su perorata agresiva.
Después, al señalarle al esposo que aquello debió manejarse de otra manera, recibí una respuesta que sinceramente me dejó más sorprendido que las propias Mayólicas:
—Ya sabe cómo son las mujeres… todo lo exageran, son un poco locas.
No respondí como realmente habría querido, porque negarse a rebajarse también es una forma de dignidad.
Solo le dije:
—Si piensas así de la madre de tus hijos, no participo de esa definición. Olvídate del daño a mi camioneta; habla con tu esposa, porque puedo dejar pasar el daño material, pero no las amenazas. Necesito una disculpa o una rectificación respecto a lo dicho hacia mí y mi familia.
Lo que hasta hoy seguimos esperando.
Eso sí: todo quedó debidamente documentado y protegido —sin manipulación alguna— en las grabaciones de mis cámaras de seguridad.
Porque si algo he aprendido de esta "folclórica" realidad nacional es que todavía existen personas convencidas de que las leyes también son simples sugerencias decorativas y que amenazar, agredir o vulnerar derechos ajenos no trae consecuencia alguna.
Después de todo:
"A palabras necias, oídos sordos".
¿Verdad?
¿El derecho ajeno?
Ah… eso parece ser material de ficción.
Pero en fin…
Supongo que también debemos aprender a reírnos un poco de esta peculiar identidad nacional antes de que una nueva Mayólica decida recordarnos —con admirable precisión balística— que seguimos vivos.
No puedo abandonar este espacio sin dedicar una pieza musical que honre estas letras, y doy los créditos en este caso a una gran Dama con letras mayúsculas; Mon Laferte y que el contenido se explica por si solo pero su presentación fue en México la descripción completa es: Durante el concierto "Tiempo de Mujeres", Mon Laferte, Vivir Quintana y el coro 'El Palomar' al grito de #NiUnaMás , alzaron el puño en alto mientras se proyectaban los rostros de mujeres desaparecidas y asesinadas en México.
https://www.youtube.com/watch?v=FOzj841TWTY&list=RDFOzj841TWTY&start_radio=1
Agradecimiento:
Gracias a vosotros que siempre me acompañan en estas meditaciones existenciales que a veces puede servir como un febril desahogo y provocarnos a esperanza lo que la poesía o la prosa nos regalan para poder soñar lo que algún día ¿Quién sabe? podamos hacer realidad, haciéndonos felices a nosotros como a los demás; Grazie Mille ¡
- IL LUIGI –
- DERECHOS RESERVADOS –
- 14 de Mayo del 2026 –
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